
...sonrió con gratuidad, se detuvo junto al tiempo, masticó aire, de su boca nunca sonaron últimas palabras... cuando escapó de la noche, su espalda liberó un ave melancólica, como un mal augurio o tal vez un delirio... siguió al día como el preámbulo de un final esperado.
...rompiendo la niebla de confusiones, me levanto para acompañarla en el gesto... a cambio veo mi espalda, me levanto para aunarme, un vacío reemplaza el golpe de mi nuca con mi cara... ella ya no está en la habitación, un halo de tristeza ha impregnado las paredes.
...tenía un gesto rápido y cortado, como animal herido, se mojaba las manos en el retrete y con la humedad sostenía los movimientos de su cabeza dislocada, condenada en una conmoción perpetua y dolorosa.
...nunca descifró por qué no olvidaba el dolor, había sido la única certeza mientras recordaba su existencia y parecía haberlo hecho siempre; pero aún era generoso, lo único que nacía cada día en ese ángulo de su celda, como un brote, con ese aire de novedad, era el dolor, lo intuía... ya lo esperaba. Visitaba su cuerpo reducido en forma embrionaria en el suelo húmedo, entre sudor, orines y cansada de las voces de las sombras, en acunamientos crueles de canciones que nunca había escuchado... recuerdos forjados en la soledad.
...su mundo había desaparecido lentamente, como una indolente, pero inflexible contracción; la imagen al otro lado del espejo adornado por recuerdos ajenos... bajo sus pies la república de los que han muerto, su música era el rumor de todas las cosas.
...las paredes eran blancas cuando las sombras no la invadían, se esparcían en la habitación como líquido espeso, entraban en ella como una brisa sigilosa, era el susurro constante de un sino sin estrella.
...su cama siempre estaba dispuesta, como respetando un ritual que la acercaba a lo humano, sin embargo nunca dormía, se sentaba a sus pies y miraba sin ansia, sólo para detener su mirada en algo, en dirección a una pequeña ventana que iluminaba lánguidamente la habitación...
...cuando la encontré lo que golpeó mi corazón a cambio de la sorpresa fue un gesto desconocido en su rostro, como una sonrisa, sutil, un casi imperceptible rictus de tranquilidad, me quedé inmóvil, no sé cuanto tiempo, pudo ser un año, tal vez un segundo... en la tina ya no había vapor, su rostro rompía drásticamente con su blancura violácea aquel mar de sangre... besé la muerte como añorándola y esperé...
...sentado al lado del retrete con las manos húmedas...
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